Lady Gaga, un icono afterpop

martes, 26 de octubre de 2010









La posmodernidad no es una moda, no es una verdad ni es una corriente. La posmodernidad es una categoría de análisis que delimita una época y su cultura dominante, época que hoy en día es pasado. Su punto de partida lo podemos ubicar en la década de los 60 cuando a nivel económico los países optaron por la liberalización de los mercados, y a nivel político el poder militar de los Estados Unidos domeñaría las franjas subdesarrolladas del mundo, recolonizando lo ya explotado pero ahora bajo un discurso democrático y benéfico en términos de utilidades; dominación que exportó al mundo herramientas (como el automóvil o el televisor) relatos (como la democracia liberadora, la amenaza nuclear y su aditiva auto producción de terror), pautas de comportamiento (la velocidad en las operaciones, en las relaciones y en los afectos), prototipos de vida (como el rockero salvaje y suicida, el soltero playboy o el hippie buena onda lleno de amor y paz), y, además, exportó sueños (el americano, el primero).

La posmodernidad tuvo su punto de clausura entre los 90 y el 2000, cuando se constataría una de las tesis principales del filósofo Jean Francois Lyotard: su conocida y multicitada idea referente a la caída de los grandes relatos del mundo moderno, idea que se constata justamente con un doble derrumbe simbólico: la caída del Muro y el colapso de las Torres, momentos que enmarcan un impasse cultural en la década de los 90, que es la zanja que se abre entre el fin del siglo XX y el inicio del siglo XXI, franja que separa a la cultura posmoderna con la cultura de nuestros días y que podríamos nombrar ultramodernidad, posmodernidad tardía o era afterpop, con sus capitalismos derivados: el capitalismo emocional (para los mediatenientes tecnológicos) y el capitalismo gore (para los marginados de la globalización).

No puedo ahondar en dichos conceptos, pero advierto que tomaré como punto de análisis el tipo de capitalismo chic y primer mundista y cómo su transversalidad influye en la cultura de todo el mundo, sea que esto lo llamemos globalización o postcolonización, y lo reduzco a la figura del consumidor al cual identifico, contra la anunciada muerte del sujeto moderno, como el sujeto renacido en la posmodernidad avanzada.

Preciso, además, que mi mirada del fenómeno posmoderno es desencanta. Esto significa, de entrada, que no miraré con nostalgia la modernidad ni la posmodernidad porque no creo en que el pasado haya sido mejor que el presente, ni que el futuro se pueda ver. No somos oráculos. No hay dioses. El futuro no está en nuestras manos pero es que en realidad nunca lo ha estado, sólo que antes el hombre moderno creyó (y ese fue uno de sus grandes mitos) que el planeta y el progreso estaban dados.

Segundo: sustraigo de la teoría afterpop los rasgos genéricos que me parecen adecuados para apuntar el tipo de estética relacional en la que el arte ha perdido su solidez y ahora gravita en una virtualidad deleznada; es decir, parto de la idea de que el arte no es sólido sino evanescente, de que las plataformas virtuales condensan buena parte de la manera en que el hombre se experimenta como sujeto y consumidor; en ese sentido, las tecnologías son un añadido ineludible en la categorización del prototipo humano, es decir al sujeto tardoposmoderno sus herramientas le son consustanciales.

Aunado a esto, opto por una desacralización del arte, y, más que verlo en la manera romántica en que lo toman desde Novalis, Schiller, Fichte hasta Burger y Adorno, prefiero lanzarle una mirada amoral que es morderlo: el arte no restituye al sujeto escindido con el absoluto; el arte es también (además de sus contenidos fenomenológicos) una mercancía más del complejo mercado virtual del globo. Además, creo que la separación entre arte culto y arte popular massmediatizado es una reacia convención que sólo sirve para academicistas, puristas y cocteleros esnobitos que fetichizan a los objetos artísticos y reifican en ellos sus frustrados sueños de erudición.

El arte es expresión de lo humano suspendida en un instante que puede sugerir totalidades más nunca convertirse en Una. Ahora… puede que sea todo lo contrario.

He llegado aquí al punto que nos reúne, o bueno, que publicita mi ponencia (me pregunto: ¿la publicidad y la venta están fuera del espacio puro de las humanidades?): Lady Gaga.


Si pensamos en una figura ultramoderna coyuntural no encontraremos ninguna más sintomática que la cantante estadounidense Stefanie Germanota, o sea Lady Gaga, sobre todo si nos detenemos en su estética performativa más que en el aspecto musical. Anticipo que el tratamiento que haré de esta cantante se detendrá en el aspecto estético visual y tecnológico del fenómeno, con un breve análisis que borda los límites del régimen afectivo perteneciente al capitalismo emocional; además, esbozaré las relaciones que se pueden establecer entre dicha estética y el prototipo humano que surge en la era afterpop, el homo sampler; y ubicaré escenas, fotogramas, de la estética particular de Lady Gaga, que muestran los rasgos de una cultura que se define por la apropiación de los modelos del pasado para su reconversión, la basura como sustrato de los objetos de lujo, la emergencia de lo abyecto como carácter auténtico y en la que las categorías tiempo, espacio, sexo y arte se han vuelto relativas.

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Estoy seguro que más de uno (bueno, tampoco creo que sea una multitud) se preguntará ¿qué diablos tiene que ver Lady Gaga con un coloquio sobre Literatura y Posmodernidad en una mesa titulada “Un realismo por imaginar”?

La primera vez que supe de la existencia de Lady Gaga fue hace dos años, cuando me propusieron hacerle una entrevista en su primera visita a México, aquella vez ella era casi una desconocida y sería la telonera del concierto del “reencuentro” de los New Kids on The Block, una banda pop que prendía durísimo cuando yo era un niño. Dije que no porque a mí me gusta el rock y no las fresadas poppies de grupitos y figuritas ñoñas para adolescentes. Eso pensé. Sin duda, ignoraba que Germanotta se convertiría en poco tiempo en el gran fenómeno massmediático de la hora.

Pasó el tiempo y debo confesar que los videos y actuaciones en vivo de la cantante, es decir el aspecto performativo, lo cual significa: su lado narrativo y ficcional, desde el primer instante me causaron una especie de fascinación emanada de la pulsión erótica inherente a su estética y también a la risotada que entrevera su irónico y exagerado uso de los referentes poppies. Pero no sólo eso. Lady Gaga posiblemente me hubiera pasado como agua de no ser porque en el momento en que vi por vez primera el video “Bad Romance” de la cantante, yo traía la cabeza cargada con una serie de ideas que me parecieron muy rompedoras, ideas que me fueron sugeridas por la lectura del libro Homo Sampler de Eloy Fernández Porta. Yo vi el video de Lady Gaga y dije: “uorale… ¿qué onda con esto?”.

A Eloy Fernández lo conocí en enero de este año y sostuvimos una plática, que por lo menos a mí me pareció interesante: tuve la sensación de que entrevistaba a un rockero que te habla lo mismo de Baudrillard que de la serie Padre de familia y que se atasca de Chetos aunque es tan flaco como un yonqui. Fernández Porta es profesor de Nuevos Ámbitos Literarios en la Universitat Pompeu Fabra, en Barcelona, a él se debe el término afterpop; de hecho junto con su amigo, el físico y escritor Agustín Fernández Mallo, presenta un show de spoken word llamado Aftepop Fdez & Fdez; Eloy se hizo acreedor este año (2010) del codiciado Premio Anagrama de Ensayo por su libro €®O$.

Aquella charla se dio en el contexto de la visita de promoción de su libro Homo sampler. Mientras tomábamos un cafecito en la azotea del Centro Cultural de España, con el sonido de fondo de vajillas más el imborrable cilindrero defeño y a la sombra de un sol que caía intenso sobre el asfalto, le pregunté: “Recordando a Jameson (de quien Porta fue alumno en el 2002 en la Universidad de Duke), si hay alguna tarea pendiente para el intelectual o los artistas, ¿se ubica en la frase un realismo por imaginar?”

Eloy contestó: “No lo sé ―dijo. Yo creo que más bien la asignatura pasa por el terreno de los afectos”, contestó. Y pensé: “quihubo, ¿cómo que por los afectos?”

Su propuesta sobre la exploración de la vitalidad pragmática de lo humano en el terreno de los afectos quiere decir que éstos son entendidos como resultado de una superproducción que a su vez influye en la realidad y que hace funcionar al sistema capitalista, en la cual la afectación emotiva (que puede ir desde el amor al odio) es una transacción perenne e ineludible. Fernández Porta en su ensayo €®O$ aporta el concepto capitalismo emocional y lo explica con el ejemplo de un anuncio espectacular colgado en una calle, dicho espectacular simboliza el giro racionalista (económico) y técnico del erotismo.

El anuncio dice: “¿Tu novi @ te ha puesto los cuernos? Véngate vendiéndonos los ‘regalitos’ que te hizo.”

Este anuncio apela 1) a la sensibilidad por choque a partir de una estética de la abyección, es decir, la aparición de un referente terrible que sin embargo es real: las relaciones son efímeras, 2) lo hace desde el límite de la racionalización económica (volver a dar valor material ―dinero― a los objetos que tenía un valor intangible ―amor), y 3) establece una sexualidad indefinida (en la arroba), lo cual pone de manifiesto que la heterosexualidad definida, el sueño americano o la pareja que envejece feliz con lo años, son objetos de un museo (mausoleo).


¿Qué ví en el video de Lady Gaga? En principio esta estética de la abyección que he mencionado y que ubico en las imágenes que se enmarcan en una formulación verbal que la neoyorquina repite hasta el cansancio en ese video y en sus presentaciones en vivo: «I’m a free bitch, baby!»: soy una perra libre.

En el video Lady Gaga se representa como atracción y espectáculo de una horda de varones, ella es sierva del placer de esos machos pero al final domeña al más poderoso de los varones con un poco de fuego sexual haciéndolo cenizas: en la imagen final, Lady Gaga descansa en una cama impoluta al lado de un esqueleto quemado.

En el mismo video, aparecen dos close-up’s de la cantante sentada en una tina con unos ojos gigantescos de muñeca sexual. Por otro lado, desde que la modelo británica Kate Moss irrumpiera en el mundo de la moda, la anorexia se elevó a modelo de belleza por excelencia: ese referente cruento, Gaga lo exagera en su propio cuerpo, cuando en algunos planos posa desnuda de espaldas a la cámara contoneando sexy su cadera pero su cuerpo, gracias a los efectos especiales, alcanza una delgadez monstruosa.

La distinción de la estética como tal estriba en que Germanotta la asume como una actitud: Ella es una perra libre para decir lo que se le antoja y vestir de las maneras más impensadas (recordemos su vestido de carne tan comentado), para defender al movimiento queer en contra del añejo moralismo yanqui (sus constantes menciones sobre los gays, su participación en protestas), para desdibujar los límites entre lo público y lo íntimo (su uso obstinado del Twitter desde donde el mundo se entera de las últimas nuevas de la artista), para romper con la manera ortodoxa de vivir la sexualidad (componer una canción a partir de la idea de estar en la cama con una mujer), sobre esto último el símbolo se ubica en el video “Alejandro” donde los límites entre los géneros se diluyen: ella intercambia gestos, posturas y atuendos con los hombres que la acompañan en sus coreografías.

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Esta estética de la abyección se ubica también en el referente monstruoso desde el cual ella se concibe a si misma y gracias al cual provoca un credo colectivo: yo monstruo le hablo a mis pequeños monstruos (como ella nombra a sus fans). La identificación de sus fans como seres monstruosos, raros, le ha granjeado una simpatía tal que no es casualidad que sea la persona más seguida en la red social Twitter, por encima del presidente Obama, con 6 millones de seguidores.
Esta actitud veritiva es muy pop, en el sentido warholiano del término, que es el que a Lady Gaga le importa, como ella ha referido: «mi estrategia personal como artista pop va en el sentido warholiano de la palabra».

Cuenta Andy Warhol en el libro POPism. The Warhol sixties (Alfabia, 2008) que si en los 50 hubo mucho de maquillaje y disimulo, en los 60 «las cosas se veían como eran y se dejaban tal cual… ver las cosas como eran se consideraba muy pop, muy 60», anota el artista neoyorquino, el verdadero referente y antecedente de Germanota. Tanto ella como Warhol son famosos desde antes de que los demás nos enteremos, en ese sentido su proceso de fama es inverso al tradicional (natural): ellos solitos se auto crearon una imagen de famosos para al final convertirse en iconos de época. La verdadera herencia recibida por Lady Gaga la toma desde la triada arte, espectáculo y economía, como los artistas pop de los 60, que, como apunta el célebre historiador Eric Hobsbawm: «no querían revolucionar ni destruir nada, y mucho menos el mundo. Todo lo contrario: aceptaban ese mundo, e incluso les gustaba».

En el citado libro, Warhol recuerda haber dicho: «No importa lo bueno que seas; si no te promocionan bien, no serás uno de los nombres recordados», y é lo deseaba. Lo mismo ocurre con Lady Gaga: en una entrevista publicada por la revista Rolling Stone, de julio de 2010, la cantante sugiere al reportero: «utiliza las declaraciones que me convertirán en una leyenda. Quiero ser una leyenda. ¿Estoy muy mal?».

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Camaleónica es la palabra con la que la crítica promedio define su estilo. Hace un año, Lady Gaga, que ya no era la nueva chica rubia, performatizó una de las actuaciones en vivo más impresionantes y más cargadas de dramatismo e intensidad que se han realizado en la entrega de Premios MTV. Ataviada en un elegante pero al mismo tiempo estridente atuendo color blanco, en un escenario al mismo tiempo minimalista y barroco, la cantante incorporó el elemento performativo de una manera poderosa: interpretó una versión arreglada (más oscura, menos pop y con una línea vocal más grave) de su canción “Paparazzi”, acompañada de una veintena de bailarines (hombres y mujeres) de cuerpos perfectos. A mitad de su interpretación, caminó con paso serio hacia un piano en el que se sentó en un banquito y, de espaldas al público, acomodó la pierna izquierda sobre el costado del teclado para luego comenzar a moverse como una desquiciada: ella interpretaba un solo de piano que duró apenas 20 segundos. Acto seguido, la canción siguió en su estribillo y Gaga se levantó, caminó con paso cansino hacia el centro del escenario con una mirada perdida y un rostro de dolor y lamento mientras un hilo de una sustancia roja le resbala desde el corpiño tiñendo su ropa de un rojo intenso que ensuciaba la pulcritud inicial de la escena. Ahí, la interpretación vocal de Germanotta se convirtió en drama, y el público aplaudió conmovido y conmocionado en un instante extático que duró apenas tres segundos.

El escritor francés Christian Salmon escribió un interesante y agudo ensayo titulado Kate Moss Machine (Península, 2010), en él apunta una nueva categoría para ese tipo de individuos que se convierten en narradores de si mismos, como Lady Gaga. La categoría de Salmon es homo narrens: un individuo «dispuesto a todo para captar la atención de sus semejantes», como Warhol, Gaga y Kate Moss.

El performance de Lady Gaga en la entrega de Premios MTV de 2009, es un eco de lo que 20 años antes hizo la modelo británica pero en una pasarela de moda y no en un show de música: en uno de los primeros desfiles de modas en que participó Moss, inspirado en la huida de Anastacia, la hija pequeña del zar Nicolás II, el diseñador de modas John Gilliano le dijo: «OK, Kate, te persiguen los lobos». Moss se puso a correr «como desesperada» en la pasarela. A partir de ahí, la chica nueva de dientes demasiado largos, piernas arqueadas, delgada en extremo, con una anatomía infantil, el rostro constelado de pecas y una baja estatura sería el anti-tipo de la modelo perfecta a inicios de los 90.

Así, Moss emerge en un momento en que también cambió el mundo, en que se anunció el fin de la historia (Fukuyama) y en que quienes entrarían a la edad adulta serían los jóvenes de la generación X, marcados por el movimiento grunge, que tendría en Moss a uno de sus máximos referentes por su estética lacerante, en la que los cánones de belleza se ordenarían de acuerdo con las pruebas infligidas a su cuerpo, sus marcas o estigmas, sus ojeras y sus arrugas, sus dosis de heroína, y su belleza desbaratada y frágil, en la que el protagonista es el cuerpo más que la ropa. Lady Gaga, a su modo, y a finales de la década del 2000, transgrede a su modo los cánones de belleza, moda y glamour sin renunciar a ellos.

Ahora volvemos al principio de esta ponencia. Los cambios culturales que maduran en la estética visual de Lady Gaga se gestaron en ese impasse narrativo (ausencia de relatos) que caracterizó a la década de los 90. Menciona Salmon: «una personalidad camaleónica es el ideal-tipo de una sociedad que busca sujetos capaces de adquirir sin cesar nuevas competencias, una movilidad social y una maleabilidad para adaptarse a un mercado laboral altamente volátil».

Si la necesidad de un relato de vida duradero ya no podía ser satisfecho, esto apelaba a la adhesión a nuevos relatos, susceptibles de dar protagonismo a un yo flexible, liberado del tiempo largo, abierto a todas las metamorfosis; en suma, un homo sampler, capaz de distender el tiempo y su propio cuerpo más allá de los imites cerrados que le exigía la modernidad clásica, que mezcla de modo eficaz las herramientas tecnológicas que tiene a su alcance creando una nueva temporalidad como si fuera un dj, y que adquiere peso en la medida en que maneja la información, los datos, pueda jerarquizarlos e influya en la realidad relacional de otros individuos. El proceso en Gaga no es intelectivo, es pragmático. No se pone a pensar en esto, simplemente su influencia no se podría entender sin el uso eficaz de los recursos tecnológicos que utiliza. No es casualidad que el video “Bad Romance” sea el más visto en Youtube.

En Lady Gaga no hay identidad definida ni historia cerrada. No es un modelo sino un prototipo humano. Es decir, el homo sampler no es en si un icono del pop o un famoso. El homo sampler es una base a partir de la cual el hombre puede adaptarse al complejo futuro que lo espera y desde donde puede contraproponer realidades, crear sus relatos y difundirlos. La propuesta es la misma que William Burroughs, un autor sin el cual el afterpop no podría explicarse, menciona en La máquina blanda, cuando a propósito de la veridad emotiva que es intrínseca a la literatura, él propone, y me parece que hay que hacerle caso, que «asaltemos el estudio de la realidad».

1 comment

Cyan dijo...

la mejor ponencia del coloquio y la más controversial!

ampliamente recomendada por Valo

28 de octubre de 2010, 18:24
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