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Cuerdas / Colio + Viqueira = Garantía teatral

domingo, 20 de noviembre de 2011

Cuerdas, una metáfora sobre los lazos y la sangre

Richard Viqueira es un director que sorprende. Es capaz de generar la imágenes más abyectas emulando el close-up del cine pero también, siendo fiel a su hábitat: la escena, recurre a la imaginación más sensual y contundente, esa materia que deslinda al teatro de la cinematografía y que significa su sublimación artística: el engaño.

Perteneciente a una joven generación de jóvenes creativos, arriesgados y con propuesta que integra a sus pares Hugo Arrevillaga o Alberto Villarreal, Viqueira presenta este martes y miércoles la obra Cuerdas, original de Barbara Colio, en Teatro de las Vizcaínaz como parte de la programación de la Sexta Muestra de Artes Escénicas de la Ciudad de México.

Cuerdas fue merecedora del Premio Nacional Mexicali de Dramaturgia INBA y se ha presentado este año en la Muestra Nacional de la Joven Dramaturgia 2010 y también en breve temporada en Teatro El Milagro, además de dar una pequeña gira por otras ciudades del país.

La anécdota es sencilla: un trío de hermanos (Peter, Paul y Prince), después de 25 años de no verse y de no tener comunicación con su padre, deciden viajar a una ciudad del norte para volver a encontrarse con aquel convertido ya en el más famoso funambulista. Su padre los invita a verlo realizar el mayor acto de su vida: cruzar sobre una cuerda en el aire las dos torres más grandes del mundo, sin cuerdas de por medio. Es imposible no remitirnos al documental Man on Wire, dirigido por James Marsh y que ganó el Oscar en 2010, el cual trata sobre la historia del funambulista Philippe Petit quien en 1974 cruzó las Torres gemelas de Nueva York eludiendo todas las medidas de seguridad existentes. Del documental, la obra de Colio parecería recuperar la fuerza simbólica sobre la grandeza del espíritu y el pesado tránsito del tiempo.

En el camino los tres hermanos se enfrentarán con los demonios de la infancia y con los asuntos pendientes inherentes a toda relación familiar. El viaje se convierte así en una especie de camino de sanación y de reconciliación con ellos mismos y con sus orígenes. la salvación ofrecida por un hecho simbólico (artístico y circense a un mismo tiempo) ofrece poder poética a un texto que es certero, veloz y próximo, aunque predecible.

El tono de la pieza es melancólico y nostálgico. Por eso es fácil anticipar que se trata de una pieza trágica y, por lo mismo, el final no es tan duro (y tan revelador) como se antoja. Sin embargo la reflexión que propone el texto de Colio es conmovedora y valiente. Como dice Viqueira, Bárbara Colio se mete en la psique del hombre para hacer una acrobacia de altura. Es impresionante la fuerza de los diálogos y la verosimilitud del mundo del macho con todo y sus problemas. La fuerza de las imágenes y de la narrativa escénica camina a la par del texto. Los actores: Viqueira, Antonio Zúñiga, Felipe Cervera y Ángel Enciso, son como esos personajes: domadores de una cuerda consistente.

Tres maletas y una cuerda de gimnasia rítmica roja son todos los recursos escénicos que propone Viqueira, más un personaje externo, un testigo, que funciona como comodín y manipula de un modo sumamente imaginativo la cuerda roja para generar espacios y ambientes diversos.

Podría o no ser casualidad que la cuerda sea roja, pero simboliza ese lazo sanguíneo ineludible del cual somos resultado. La muerte es una metáfora central sobre el acto más importante de la vida. Hacia el final, el perdón pero sobre todo el olvido (que es más un "dejar pasar") sintetizan la vibración poética de este drama: vibran las cuerdas de la vida que hemos sido siempre, aunque nosotros seamos incapaces de poner atención. Vibran y nos hacen caer.

Anatomía de la gastritis

jueves, 17 de noviembre de 2011

Sobre la ausencia y la enfermedad
Se presenta emotiva obra teatral de Itzel Lara

Revisar lo humano desde el dolor, la ausencia y la enfermedad, es la propuesta de fondo que ofrece la obra teatral Anatomía de la gastritis, de la joven dramaturga mexicana Itzel Lara, pieza que actualmente se presenta en el Foro la Gruta y que cuenta con un afortunado y arriesgado montaje por parte del director Agustín Meza.

Anatomía de la gastritis fue finalista del Premio Nacional de Dramaturgia Joven “Gerardo Mancebo del Castillo” 2009, y en julio pasado contó con una medular lectura espectáculo, dirigida también por Agustín Meza, en el marco de la novena Muestra Nacional de la Joven Dramaturgia que se realiza anualmente en Querétaro. En aquella ocasión, consignamos en El Economista que Itzel Lara es una de las jóvenes autoras a las cuales hay que seguirle la pista, con este montaje, tenemos la oportunidad en la Ciudad de México de ver una pieza teatral que a la usanza posmoderna más crítica, se dirime entre la pausa y el vértigo.

La Mujer (Genny Galeano) es el personaje central. Ella tiene un gato y sus relaciones personales son conflictivas, tanto con su pareja, su padre y hasta con el animalito, se trata de una mujer insegura, dominante y posesiva. Su novio, El Vegetariano (David Espinosa Ángel), es un individuo frío cuya principal preocupación parecen ser las cebollas. Su padre (Orlando Scheker) es un enfermo en fase terminal, con él mantiene una relación amor-odio. El Gato, es trasunto de un vacío, de esa relación con el padre que no sana y que, asimismo, se padecerá durante toda la vida como resultado de nuestra incapacidad consustancial para comunicarnos y para hacerlo a tiempo.

Como su autora lo ha mencionado, no importa tanto en Anatomía de la gastritis la anécdota como el desarrollo de los personajes. Un logro doble y quizá triple. En principio porque el texto es muy cuidado y va poniendo acento en el uso del lenguaje para develar poco a poco, con tiento y cuidado, lo que entraña cada uno de los personajes. Por su parte, el trazo de la dirección trabaja con talento cada escena, y los actores están a la altura de ese dominio del tiempo que solo se alcanza con un atemperamiento y delicadeza en el trabajo con los detalles.

En cuanto a la escenografía esta resulta muy bien lograda en su estructura circular, pues permite el tránsito de escenas las cuales tienen diferentes ámbitos: la clínica, la cocina, la recámara, el sueño y la memoria de un campo con una vaca simpática y atenta. El ritmo lo indica la escritura: va de lo pianissimo, in crescendo hasta la saturación que incomoda intencionalmente, una interferencia requerida y necesaria en el lengua artístico de nuestro tiempo.

Con esa sutil aceleración, la pieza se detiene en la clínica, en el tratamiento de la enfermedad y, por ende, en el desentrañamiento del mal. La obra representa un ciclo trágico y dialéctico que se compone de sanación y enfermedad, y esta última es lo normal y lo necesario. Todos estamos enfermos. La pregunta que emerge es una: ¿existe cura? ¿Podemos sanarnos de todo el mal que somos capaces de generar? La obra no dialoga con las liberaciones luminosas del pensamiento religioso sino que es una refriega carnal que tunde el espíritu. No hay cursilerías ni lecciones. Sí encontraremos fragmentos, expansiones, imágenes, sueños, pero sin perder la coherencia.

Es por cachos que la obra cuenta la historia de una mujer ante un mundo que padece lo que ella nombra "la peste del siglo": inanición, irritación, ardor e inflamación. En contraparte, su novio, que parce más un hermano malcriado, tiene un remedio: la cebolla, metáfora de las capas y los velos que tenemos los seres humanos en nuestras relaciones con los demás, con la realidad y con nosotros mismos, impedidos la mayoría de poder regresar al origen porque lo rechazamos. Es por eso que la protagonista sufre en su intento de sanación, porque no puede emerger realmente para sanar, porque rechaza su pasado y porque es incapaz de mirar su presente. Lo mismo ocurre con los demás personajes. Nadie se salva. Ni siquiera el gato.

Ecos de Elena Garro, Ximena Escalante, Anton Chéjov o Marguerite Duras se filtran en esta propuesta escénica. La prosa y la poética de Itzel Lara alcanzan una cima en su resolución dramática. Son por eso tan impresionantes los grados de potencia y espontaneidad de su escritura dichos en voz de los actores.

La máquina de Esquilo

jueves, 14 de julio de 2011

El teatro en sus orígenes
Montan La máquina de Esquilo, en Chapultepec

El teatro es una de las pocas instituciones de la antigüedad que prevalece hasta nuestro tiempo. Esquilo (Siglo V antes de nuestra era) fue una máquina de escribir teatro, dejando un legado de más de 70 obras. Hoy en día, esa máquina esta activa y en el mundo entero, incluido nuestro país, el teatro vive de un gran momento de experimentación y de trabajo estético que hoy se practica de forma intermedial y transdisciplinaria.
Sin embargo, en México, este tipo de trabajos son poco visibles. No obstante, salvo algunas excepciones que poco a poco, sobre todo en la última década, han logrado acumular un cierto prestigio en la escena independiente, una gran parcela es desconocida. Por eso, desde este mismo rincón se han buscado nuevas propuestas que acerquen el teatro al gran espectador.

Luis Enrique Gutiérrez Ortíz Monasterio (LEGOM) es uno de los autores montados en esta exploración. Autor de una basta cantidad de obras dramáticas, entre las cuales algunas de las más conocidas son Perros hinchados a la orilla de la carretera y De bestias, criaturas y perras, también ha incursionado en el teatro para jóvenes, de donde han surgido obras en las cuales su característico tono irónico, su irreverencia y su desparpajo en el uso del lenguaje, se mantienen, muy en contra de las convenciones.

Esto ocurre en la obra La máquina de Esquilo, que este fin de semana y el siguiente (16, 17 y 23 y 24 de julio) se presentará al aire libre en la Plaza Ángel Salas del Centro Cultural del Bosque, con la dirección de Alberto Lomnitz y el talento de los jóvenes y audaces actores: Olivia Lagunas, Sonia Franco, Abril Mayett, Raúl Vallejo, José Cremayer, Guillermo Villegas y Ricardo Rodríguez.

La irreverencia y la originalidad de LEGOM se trasminan en el tono, el tema y la propuesta que Lomnitz lleva a cabo. Un tono paródico que se sirve del carnaval y el folklor léxico para lograr contundencia comunicativa; en ese sentido el texto no desdeña al público que va dirigido, los jóvenes, y por tanto se expande al mismo tiempo que es elocuente.

Un tema pertinente que se trata sin ninguna solemnidad: la poca cultura teatral de una mayoría significativa de ciudadanos se ve como una oportunidad para bajar del pedestal a Esquilo y ponerlo al nivel de las personas y así, dese ahí poder valorar su legado: dotar de teatralidad a la narratología de los primeros brujos y chamanes del mundo moderno.
Esquilo (Siglo VI AdC) fue un soldado griego que con el paso de los años se transformó en dramaturgo. Desde sus tragedias el teatro ha evolucionado. LEGOM encontró en esta manera de contar la historia de uno de los grandes pilares del teatro moderno, la manera de hacer de la teatralidad un acto en directo, cercano, hábil y divertido.

En este sentido, la propuesta estética se transforma en una propuesta ética: acercar al gran público a la experiencia del teatro. ¿Obstáculos? Ninguno más que las inclemencias del tiempo. Porque la estructura es sencilla: un principio que es un traslado al pasado (teatro desde fuera del teatro que se inserta en el alma de la anécdota, como en Jesucristo Superestrella) desde donde se comienza a contar la historia; una escenografía movible y muy precisa en la que se utilizan también instrumentos improvisados (botes de basura como tambores, mangueras de plástico como cornos); una experiencia horizontal que emula una de las grandes aportaciones griegas a las sociedades del futuro: el espacio del ágora, la asamblea; y un texto muy ingenioso que convierte a la tragedia en una gran comedia: ácida y fibrosa como las magnas comedias de la historia.

El montaje es una apuesta loable y una buena oportunidad para divertirse en familia, para ir a ver teatro muy bien realizado: un buen texto con un director preciso más una media docena de confiables y talentosos intérpretes. Si es maestro lleve a sus alumnos. Si es director de una escuela pida una cita con este ensamble y dele oportunidad al teatro que todos llevamos dentro.

La máquina de Esquilo
Plaza Ángel Salas (Centro Cultural del Bosque / detrás del Auditorio Nacional)
Sábados 16 y 23 y Domingos 17 y 24 de julio.
Entrada libre.

Interpol, una vez más

lunes, 27 de junio de 2011


Interpol, solitos y bajo el bronce

Quedé a deber la reseña. Pero bueno, aquí comparto un textito previo. Disculpen. No soy fan de Interpol. Mi nena, Nancy, sí. Puedo decir que ya les agarré el gusto después de verlos por tercera vez en vivo, ahora reconozco que es un rock bien sobrio, denso y lúcido. Me gusta.

Y hablando de revelaciones, esta noche también fue la tercera en la que he visto tocar a Rey Pila... Debo reconocer que también ya lo miro con otros ojos. Rey Pila tiene onda. Si lo traen como calzón sus promotores pero su música también es cuidada y prendida.

Ahora el turno de Paul Banks, que, lo recuerda muy bien Nancy, le dijo a los mexicanos: "ustedes son los mejores ganes (sic) del mundo". Yo estoy de acuerdo.

Han sido las figuras pero no han tenido su espacio. Interpol es una de las bandas consentidas por una buena parte de los jóvenes melómanos mexicanos y, finalmente, luego de sus más recientes presentaciones, las últimas dos como figuras centrales de magnos festivales de rock, se vuelve a presentar en la ciudad de México en el marco de la gira de promoción de su más reciente álbum Interpol (2010), el cuarto en su trayectoria.

Hace tres años en el Manifest y el año pasado en la primera edición del Corona Capital, Interpol dio constancia del por qué se les considera una de las bandas más importantes de su generación, al grado en que ha sido considerada por la crítica como una de las propuestas más sólidas de la primera década del siglo XX. En vivo, en esos grandes festivales, dieron la nota alta. Ahora, sus fans no esperan menos de ellos.

Desde su irrupción en la escena musical con el disco Turn on the Bright Lights (2002) brillaron curiosamente por su sonido: pasmoso y poderoso, y su pulcra ejecución instrumental que contrasta con el sonido estruendoso de las tradicionales bandas de rock. Interpol, desde su nombre, es una propuesta más sobria e inclusive sus letras lo reflejan. Es una banda que camina a pasos agigantados hacia su consolidación, y su más reciente placa se encamina en esa dirección.

Paul Banks (o Julian Plenti, vocalista que tiene a México entre sus estaciones consentidas, pues aquí vivió durante una temporada), Daniel Kessler (guitarrista), Sam Fogarino (batería) y el reciente incorporado bajista Brad Truax, a quien ya se pudo ver en acción en el Festival Coachella 2011, presentarán un concierto más personal, más dirigido y, se espera, más emotivo que sus presentaciones pasadas, en las cuales ya han hecho gritar locamente a sus fans mexicanos, quienes nuevamente podrán corear sus canciones favoritas de los discos Antics (2004), Our Love to Admire (2007) y ahora Interpol (2010), un disco cuyo sonido habla por si solo: "es realmente Interpol", han mencionado repetidamente los miembros de la banda.

Los intérpretes de temas como "Evil", "Obstacle 1" y "Show hands" también se presentarán el viernes primero de julio en el Auditorio Telmex de Guadalajara, y el sábado dos en el Auditorio Banamex de Monterrey.

A la caza de la mujer, de James Ellroy

Primitivo y cazador

(sin foto)

Hace ya algunos años el afamado, denostado y hasta autor de culto: el escritor estadounidense James Ellroy escribió una especie de autobiografía la cual se publicó con el título Mis rincones oscuros. En aquel momento coqueteó con ese género que solo pueden explorar los autores medianamente trascendentes que envejecen los suficientes años para darse cuenta de ello o aquellos que cuentan con la suficiente egomanía para creer que los relatos de su vida son de un interés mínimo para una cantidad económicamente viable de potenciales lectores.

Mis rincones oscuros, cuyo título además de todo es prodigioso, fue un éxito de ventas, y constató que el ego de Ellroy es lo suficientemente grande y su maniática visión del mundo se traduce en términos literarios de un modo totalmente formidable y novedoso. Aquel primer libro liberó una asignatura que suele quedar atrapada una vez que se aborda el género: explicar, significar y definir la identidad. Y, al contrario, nos dejó una imagen más borrosa, menos nítida, menos asible pero más profunda de El.

En Mis rincones oscuros se inventó, por encargo de su editorial, como un detective o un reportero de nota roja para indagar la muerte de su madre, Jean Hilliker, quien fuera brutalmente violada y asesinada a mediados de los años 50, cuando el pequeño James contaba con 10 años de edad. Hecho trágico que marcaría su vida y que repercutiría en los temas y obsesiones que suele explorar en su literatura, como ejemplo de ello se cuentan las novelas como L.A. Confidential y La Dalia Negra, por mencionar las más conocidas.

Nosotros, lectores comunes, ¿luego de Mis rincones oscuros que más podíamos pedir a ese nivel? La respuesta la ofrece A la caza de la mujer (Mondadori), el más reciente libro del escritor sexagenario. De la lectura de esta obra, surge una primera pregunta: ¿es novela o autobiografía? No es ni una ni la otra, sino más bien un poco de las dos y nos atreveríamos a decir que es sobre todo una novela: un relato ficticio hecho con método, técnica y destreza narrativa pero, sobre todo, con una de las más admirables y arriesgadas excavaciones humanas, en un nivel en que la fenomenología, la caza de los espíritus interiores conjurados del moho que se pega a las entrañas, hace una cala sin cribas y con toda la honestidad, todo el arrojo, todo el sentimiento, toda la habilidad verbal, todo el desparpajo y toda la potencia narrativa que es posible encontrar en un escritor que se precie de serlo: un creador de literatura y no un buen contador de historias.

La historia de Ellroy es la de un hombre viejo, desencantado que siendo joven vivió mal pero de viejo ha vivido tan bien como una celebridad de Hollywood; un hombre que no ha encontrado límites y que no los tiene a la hora de reconstruir la vida a través de la palabra; un hombre con miedos y fallas que no pide disculpas y que parecería no temerle a nada; una especie de espíritu que se encuentra más allá del bien y del mal: un iluminado lleno de mierda y cicatrices, un apóstol de la abyección, un mesías de la tradición blanca, un santo de la perplejidad. Un hombre sin tiempo: un adelantado que transmite desde lo remoto.

A la caza de la mujer es una exploración vitalísima trenzada de acuerdo con las mujeres que lo han acompañado en su vida, con la prístina coincidencia de que todas y cada una de ellas son bellas, de piel blanca y cabello rojizo: todas, parecidas a la primera, la fundamental, pero ninguna ni siquiera la primera (la madre), la única. En un nivel tangible esa no existe, acaso podrá registrarse en un instante imaginativo en la conciencia pueril del pequeño Ellroy: en el pasado existe Ella, pero Ellas (incluida Jane) son el consuelo a la búsqueda inmanente de un hombre hambriento que no esconde ni se apena de su voracidad.

Esas mujeres se borran y reaparecen, se filtran y se deshacen para refuncionalizar a esa mujer que es huella, vestigio y posibilidad: Ella: Todas. No, su Yocasta personal. Sino el ombligo: la cicatriz. La carencia perpetua y la incompletud irremediable. Su ilusión vital. Sin la muerte de su madre quizá para nosotros jamás hubiera existido un Ellroy. Y esa sería una tragedia igual de grande.

Ellroy es un escritor diferente y necesario. Y no porque sea un viejo borracho de 60 años, malencarado y sangrón, que ha hecho fama y que le importan un bledo los cánones cultos, un hombre que no ha tenido hijos y que se ha liado con cuanta mujer ha podido.

Sino porque Ellroy es un santo de la literatura post-apocalíptica: alguien que, con una mueca de hastío, entre el humor y la ironía, rebobina hacia el futuro una cinta velada en búsqueda de su principio. Ellroy es lo que queda, lo último que nos queda, de aquellas categorías que un día significaron todo un mundo conocido como Literatura: honestidad, auto escarnio, incredulidad, perplejidad y valentía. Categorías que funcionaban cuando los relatos tenían peso y en el mundo aún existían resquicios de heroísmo. Cuando había hombres y no fantasmas. Cuando el hombre se lanzaba a la caza de sus ilusiones, a la caza de su mujer.


Casi, un pueblo

jueves, 23 de junio de 2011

El casi casi del amor
Una obra singular, tierna e interesante
Ya le quedan poquitas funciones, ¡vayan!

Imagen tomada del blog Diario del Planeta

Nueve formas singulares de acercarse al amor. ¡Vas a amar esta obra! Son las frases con las que se promueve Casi, un pueblo, obra de teatro original de John Cariani y que Ocesa Teatro ha montado con un elenco serio, equilibrado y que cumple con muy buenas actuaciones: Gabriela de la Garza, Úrsula Pruneda, Moisés Arizméndi y Bernardo Gamboa, dirigidos por José Manuel López Velarde, creador del musical más exitoso que ha montado en los últimos años esta productora, Mentiras, y de otro sobre el cual se tienen grandes expectativas y que se estrenará próximamente: Si nos dejan.

Si atendemos a las leyendas con las que iniciamos esta nota, lo único que atinamos a pensar es: ¿así o más melcocha? Cursilería y cursilería: gancho emotivo. Pero más allá de eso, y con toda la melcocha que se pueda imaginar, esta obra es una singular, tierna e interesante puesta en escena que, sí, ok: si a usted las historias de amor le parecen cosas lejanas, inverosímiles, superfluas, le aburrirá enormemente. Pero si es usted un ser humano común y corriente que se ha enamorado alguna vez, sin duda encontrará alguna historia que le hable de cerca. O de lejos. Pero sin duda le hablará o al oído o como un susurro a distancia o como una corneta al amanecer.

Porque Cariani ubica con genialidad aquellos momentos en los cuales emerge la posibilidad del reconocimiento. Más sencillo: reconocimiento= acuerdo entre dos personas que se dan cuenta que se gustan. Créalo o no, el amor es una simple suma de casualidades, muy compleja y muy caprichosa pero para clarificar nuestro punto pensemos en esto: en la clásica imagen del elevador:

Dos personas se encuentran solos en un elevador y se atraen mínima o fuertemente, por los motivos que sean, y esos segundos en el que comparten la convergencia de ese espacio vertical que los funde en un tránsito de niveles es una oportunidad única. Basta esa casualidad para que sus vidas cambien o, mínimo, para que fantaseen con lo que pudo haber pasado y reanuden su tránsito horizontal como si ahí adentro se hubiera suspendido el tiempo.

Las posibilidades del amor son infinitas; sin embargo, muy pocas, por más que usted sea un dandy o una femme fatale, lograrán consumarse. Este es el punto de partida de esta obra en la cual se prefiere no contar una historia sino muchas y así ahondar en la complejidad de los encuentros: en cómo la vida puede tomar un rumbo distinto si en el momento preciso nos decidimos o no a seguir a la persona, a decir te amo o callar, a lanzar esa mirada como un arpón o titubear, a acariciar ténuemente o meter las manos en los bolsillos.

Ahí se ubica la materia de esta obra. Por lo mismo es casi imposible que usted no se haya sentido en Casi: un pueblo que se ubica en la inminencia: el casi casi. Un lugar mágico porque, justamente, se nutre de la imaginación y de las fantasías: solo ahí puede existir. Porque ese amor es un instante, y en ese sentido es mágico, porque el instante basta. Después, está la vida real y sus amarguras. Pero ser capaces de habitar ese instante es casi casi como advertir el milagro de una obra de arte: que a pesar de estar a la vista siempre es invisible, hasta ese casi casi en que está a punto de ocurrir: finalmente se revela: y luego desaparece.

La primera historia de estas nueves es la más compleja, la más sencilla y la más redonda: Un par de tímidos enamorados sentados en una banca confiesan su amor. No saben cómo actuar. Quieren estar cerca. El dice algo extraño: "mientras más cerca estamos en realidad más lejos nos encontramos". Para ponerle un ejemplo a Ella, toma un papel, lo hace bolita y le dice: "¡mira! mientras más juntos, en realidad más lejos estamos uno del otro". Coloca dos dedos que los emulan, sobre la bolita de papel, levanta uno de esos dedos y le da la vuelta a la pelota hasta llegar al dedo que dejó inmóvil. Entonces, Ella se aleja, y él dice: "¿ves?, ahora estás más cerca... más cerca... y más cerca". Ella sale por un costado del escenario.

Esta obra es bella en su ausencia de pretensiones y en la contundencia de esa imagen inicial que se completa como un círculo al final de la obra. Un círculo: el símbolo de la unión perfecta.

Casi, un pueblo
Teatro Virginia Fábregas (Velázquez de León 29, San Rafael, Metro San Cosme)
J 20:30 hrs; V 19 y 21:30 hrs; S 18 y 20:30 hrs y D 13:30 y 18 horas.
$350 por el Sistema Ticketmaster

Si nos vamos con el prejuicio probablemente dejemos de atender una obra que se compone de fragmentos, historias que como las buenas historias de amor jamás comienzan así como jamás sabemos cuándo terminan.



Pedazos de Apocalipsis

jueves, 16 de junio de 2011

A siete fragmentos del Apocalipsis
Una obra de teatro cargada de furia y desencanto

Siete fragmentos antes del fin. Siete textos independientes unidos por el desencanto. Siete piezas dramáticas que mantienen una misma estética aunque fueron trazados por seis directores distintos. En siete días se creó el mundo y en siete fragmentos se anuncia su derrumbe. Pero el anuncio existe y esa es una ventaja: el anuncio es como la conciencia o como un fantasma que ha recorrido los tiempos. El anuncio es una alerta: no hay más certeza que el derrumbe, el acabamiento, el polvo, el dolor y la desaparición. ¿Qué hacer?

Respuestas puede haber muchas: acelerar la destrucción del planeta, ser indiferente, ser responsable, hacerse rico, matar gente, suicidarse, amar a los tuyos, tener un hijo, plantar un árbol. La respuesta que Martín López Brie obtuvo fue hacer teatro y escribió siete fragmentos que unidos conforman una obra teatral que es un lamento y una despedida: Pedazos del Apocalipsis.

Un lamento porque las lágrimas son la materia de estos textos, lágrimas por el mundo, lágrimas por el ser, lágrimas de auto conmiseración. Lágrimas que son el rellano de la autodestrucción inconsciente en la cual los seres humanos existen desde hace siglos, porque la vida humana, con sus bondades y todo, sigue una pendiente de banalidad acelerada, sobre todo, en las últimas décadas, pendientes que, no obstante, es casi casi inherente al humano: una pendiente de ignorancia que el inauguró desde el momento en que fue fascinado (y encantado, es decir, engañado) por la idea de querer comprender el mundo y de necesitar controlarlo para ponerlo a sus pies. Gran falacia.

Las siete obras cortas de López Brie no son panquecillos. Son un potaje condimentado con la abyección más mordaz e insana que hacen imposible mantener una conciencia obediente y recta. Los pedazos son los siguientes: 1. Génesis 9-11: dos ángeles le hablan a los últimos muertos; 2. Las Plagas: los demonios y su peste; 3. Serenata de Maximiliano y Clementina: dos imbéciles después del fin del mundo; 4. Famosas últimas palabras: las frases de los desahuciados; 5. El día de los tomates: un perro filósofo y una cabeza empalada; 6. La singularidad: dos astronautas se precipitan en su nave espacial rumbo a un agujero negro; 7. Revelación 9-11: un coro de ángeles se acerca al único sobreviviente luego de la destrucción. Le dicen cuál será su nueva misión: ir más allá de su propia humanidad.

Esta obra invita a la reflexión y, al mismo tiempo, entretiene. Es una obra que rasca una comezón que no sentimos pero que hemos cargado desde siempre: la comezón de la importancia personal, la comezón de la mentira y el engaño, la comezón de la estupidez.

La obra cuenta con las actuaciones formidables de Eduardo Castañeda y Jorge Núñez, quienes son acompañados de un modo serio por Madeleine Sierra y Sofía Beatriz López. La escenografái de Emiliano Ortega va de lo futurista a lo cruento. Con pocos recursos se logran atmósferas interesantes y los muebles son modulares: de acuerdo con el acomodo que tengan en la escena o fragmento estos significan cosas distintas. Un acierto.

Los directores de los fragmentos son Alberto Domínguez, Silvia Ortega, Gabriela Ochoa, Aarón Hernández, JLB y Martín López Brie. La producción contó a cargo de Teatro de Quimeras. Si le interesan las propuestas interesantes y distintas, esta es una alternativa que tiene que ver. Terminan temporada dentro de dos semanas.

Pedazos de Apocalipsis
Teatro La Capilla (Madrid 13, Coyoacán)
Boletos: $150 y $100 con descuentos.
V 20 hrs S 19 hrs.

La inauguración, de Václav Havel

jueves, 9 de junio de 2011

Contra la TV
La inauguración, de Václav Havel

El montaje de la obra de teatro La inauguración, texto original de quien después de haber sido disidente político se convirtiera en el primer presidente de la actual República Checa, Václav Havel, apunta la principal crítica que se puede hacer a la sociedad contemporánea de la globalización reinante: la pérdida de modelos de profundidad a partir de los cuales se construía el ciudadano moderno; es decir: el asesinato del pensamiento a manos del confinamiento mediático a que se somete a las masas desde los televisores.
Con una puesta en escena arriesgada que inmiscuye al espectador desde que entra al foro(mientras el público toma asiento, Hernán Mendoza calienta la voz; Nailea Norvind realiza imposibles posturas a manera de calentamiento; un grupo de técnicos afina detalles en lo largo y ancho del foro) el director David Psalmon retoma la visión crítica de Havel para proponer un juego interesante al espectador: lo mete en un set donde sucede algo parecido a una telenovela, un set que es la casa de una familia "modelo", y en donde se nos cuenta la historia de un matrimonio, Michael (Mendoza) y Vera (Norvind), quienes reciben la visita de un amigo que a juicio de los anfitriones pasa por una "situación" que los preocupa.

Desde luego Ferdinand (Sergio Ramos), el amigo, desconoce a qué situación se refieren cada vez que la pareja intenta persuadirlo para que reaccione y emule las actitudes que ellos tienen como matrimonio, pues para ellos la forma en la que viven: con una decoración basada en incomprensibles y abstractas y hasta ridículas obras de arte, un estilo sofisticado; Michael es un hombre fornido, con clase y garbo; Vera es una mujer sensual y refinada; como pareja no han perdido la espontaneidad y el erotismo: practican el sexo como salvajes; Vera cocina platillos exquisitos; ambos se han compaginado a tal grado que a nivel discursivo hablan con las mismas frases, las mismas palabras, el mismo tono y ritmo.

Es preciso decir que los actores están fenomenales. La escenografía de Aura Gómez Arreola es fuerte y figurativa, y el video-arte preparado por Daniel Ruiz Primo Martínez es un gran acierto a nivel temático, estructural y visual

Dos elementos de la escenografía tienen una carga simbólica poderosa en donde puede ubicarse el sentido profundo de la puesta: una silla para un condenado y una pared repleta de televisores. Lo demás es fachada. Pero en esa silla, donde sientan a Ferdinand y se atreven a entrometerse en su vida como censores del buen gusto, y esa pared con pantallas desde donde se ha modelado a esa pareja entrañan la metáfora de una sociedad sin cabeza, sin ideas, sin reflexión, en la que a aquellos individuos que se atrevan a poner en duda los convencionalismos son condenados al silencio, a la locura o a la muerte.

Ha escrito el connotado filósofo español Eduardo Subirats la siguiente serie de ideas en uno de sus libros más importantes, Culturas virtuales: "pantallas nos informan, pantallas nos ponen en contacto con el mundo; pantallas nos vigilan, pantallas formulan nuestros deseos". En un momento histórico en el cual parece que la vida es construida como un espectáculo a gran escala y la realidad puede reducirse y reproducirse como un simple efecto de pantalla, La inauguración se constituye como una propuesta con mucho sentido y filo crítico para voltear a mirarnos desde la televisión que hoy tenemos por cabeza.

TV On The Radio

domingo, 22 de mayo de 2011

TVOTR deleita y pone a bailar a chilangos pese a acústica

Gracias a Nancy Mendoza esta reseña es posible.

Hay varias maneras de sumergirse en un concierto de rock bailable, ameno e intenso como el que ofreció la noche del viernes la banda TV On The Radio: escuchando tranquilito las rolas a una distancia en la cual los empujones sean nulos; buscar esa misma distancia pero para bailar a tus anchas; estar hasta adelante donde podías bailar aunque algo constreñido; desde una zona VIP en la que te sientes cómodamente a tomar tus chelas aunque el grupo te quede muy lejos y no puedas ni verlo; o en cualquiera de estos pero con el valor agregado o añadido de que tu conciencia se encuentre en un estado alterado.

Sin duda la mejor opción es aquella en la que los ves de cerquita y puedes bailar: uno, conminado por el ritmo del líder y vocalista de la banda Tunde Adebimpe; y dos, porque en este concierto, el cual fue una de las Indio Sessions organizadas por la homónima cervecera, tenías chance de respirar y no obstante prenderte. Lo malo fue que acondicionar el Centro Cultural Estación Indianilla para hacer un concierto de rock fue una decisión sin tino, mala, porque la acústica del lugar es inadecuada para un flujo libre del sonido, y en cambio permite mucha reverberación.
Eran las 23 horas del viernes y la euforia se desataría en el recinto con los primeros acordes de "Halfway home" y "Caffeinated consciousness", temas que sirvieron de apertura para el concierto de esta banda

"Hace calor mucho aquí", dijo el vocalista Tunde Adebimpe, quien fue muy ovacionado por su trabajo sobre el escenario, la fuerza que imprime a las canciones y su excelente capacidad de matizar la voz, registro poco audible por el rebote del sonido.

Al principio, "Will do", fue uno de los temas más coreados de la noche. A esta le siguieron canciones como "Province", "Red dress", "Crying" y "Young liars".

La recta final fue prendidísima, de tal manera que el concierto terminó arriba desde antes de que se llegara al encore y luego de este llego todavía más arriba. Pero el punto álgido fue sin duda cuando tocaron "Staring at the sun", en una versión de esas raras pero prendidas, con las que la banda, de este lado, se pueda alocar chido. Una versión muy lograda que fue el preludio a la canción, sin duda, más esperada por los fans: "Wolf Like Me", que precedida por aquella versión de "Staring Ath The Sun", hizo que fuera el sueño hecho realidad para los fans.

Una de las sorpresas (por así decirlo ya que en la página del organizador se había lanzado una votación para que el público eligiera un cover), justo después el encore, fue cuando tocaron el tema de la película ochentera "Ghostbusters" (Los cazafantasmas), y ahí sí toda la banda como en una pausa, un respiro, en el cual el baile mantuvo su hegemonía.

Finalmente, Tunde Adebimpe, Kyp Malone, David Andrew Sitek y Jaleel Bunton, integrantes originales y el bajista que sustituyó al recién fallecido Gerard Smith, se despidieron con las canciones "DLZ" y "Sattelite".

El deleite fue total para los fans tuvieron que seguir las pistas que la cervercera, de forma ladina, les ponía en el camino: en connivencia con la cadena de tienditas del palíndromo compuesto por las letras "o" y "x", le decían por redes sociales a los fans en dónde y a qué hora habría boletos disponibles: para tener derecho a un boleto había que comprar por $240 cuatro six pack de cerveza, y pagando otros $200 se obtenía una boleto. Gracias a este concierto, en la semana previa a su realización, vendió cerca de 50,000 botellas de cerveza.

En fin, todo sea por el rock: la gente salió contenta al final del concierto, el cual contó con una producción de primera (el acondicionado del lugar, la coordinación de la logística, la iluminación del foro y del escenario, el equipo de sonido, el montaje de cámaras para el streaming del show, la seguridad mesurada y no con las imposturas de los simios que usan otras productoras hegemónicas). Pero la acústica del lugar fue pésima.

Para un evento en el cual se invierte tanto dinero y se condiciona tanto el consumo (en todos pasa lo mismo), mínimo habría que optar por lo más importante: un lugar con acústica adecuada para que la banda se escuche bien desde todos lados.

Lo mismo le ocurrió al grupo abridor, Rey Pila quien con siete temas comprobó que tienen "algo" que en un futuro podría desmarcarlos de la mayoría de las bandas mexicanas. Están empezando pero van por buen camino: tienen buen rock, ritmo, fuerza, matices, colores y originalidad.

Mediante siete temas, entre los que destacaron "Sordo" y "Pictures at the sun", los teloneros ofrecieron una buena actuación ante el público que los acompañó moviendo el cuerpo al ritmo de su propuesta musical y los despidió con un fuerte aplauso.

Corona Capital, tan solo el principio

domingo, 17 de octubre de 2010

La gente espera muchos y todavía mejores festivales como éste

De un calor extenuante a un frío calador. Bajo esa polaridad, los 80,000 habitantes del Corona Capital hicieron latir el corazón melómano de una ciudad (y sobre todo de sus jóvenes) que suele responder puntual al llamado de la música en vivo, máxime si se trata de un festival cuyo cartel integra a muy buenas bandas, de las mejores del momento.

El Festival Corona Capital fue un éxito para los organizadores, las bandas y también los asistentes, aunque hubo algunas fallas en el sonido, en la distribución de alimentos y bebidas y en la accesibilidad al lugar (quienes llegaron a pie tuvieron que caminar alrededor de dos kilómetros desde el metro más cercano).

Las bandas cumplieron lo prometido y esa es siempre la mayor exigencia para un Festival. Pixies e Interpol desataron la locura. Echo & the Bunnymen y James prepararon a la fanaticada., la dejaron listita y disciplicente. The temper trap (con un sonido muy bien cuidado y un uso pesado e hipnotizante de los drumms) y Adanowsky (con su soltura, elocuencia y simpatía, su amorosidad, al final de su intervención pidió a la gente que se agachara para levantarse después con un alarido frenético) fueron excelentes esbozos de lo que habría por venir. Regina Spektor le puso emoción y brillo lindo al evento con su voz dulce acompañada por un piano de cola negro y precioso, hizo brotar las lágrimas de más de uno de los asistentes que se aplastaban a las seis de la tarde frente al escenario Corona.

La gente respetó los espacios y no armó disturbios. La exactitud con la que se respetaron los horarios del programa merece mención aparte. Y la logísitica fue precavida: cuando se preguntaron ¿quiénes van a venir?, por lo visto, se prepararon para recibir la amplios segmentos de la variada diversidad de tipos sociales que reúne una ciudad como el DF.

Uno podía toparse desde Dulce María (ex de RBD) tomándose una chela, o las parejitas de novios preparatorianos dándose un faje en alguna porción de césped, o a quienes se aguantaban la sed y el hambre pues apenas y con muchos esfuerzos pudieron comprar sus entradas, también desfilaba el ciudadano normal vestido con jeans y playerita junto al darketo, metalero, emo y demás "tribuino" chilango; algunos que iban solos y una gran mayoría que iba en grupito, desde los chicos y chicas del Tec o la Ibero, que iban hasta uniformados, o los "mamaditos" con dinerito que al sol se quitaron la playerita para lucir sus pectorales definidos, o también se podía encontrar a una chica hasta el "cuaz", sin zapatos, en chorcitos y con la blusa removida y mojada, como una chava que buscaba el escenario en que se presentaba Foals mientras caminaba aturdida con rumbo a la entrada general.

Si uno caminaba hacia las esquinas y tenía las suficientes ganas de hacer una cola interminable para comprar una chela, podía dar con una zona VIP, con sus lobitos uniformados de negro y amarillo en la entrada haciéndole de cadeneros de la antro de la Meche, en esta zonita VIP se veía a los hijos de los meros picudos, billetudos, (quizá hasta de algunos narcos) sentaditos como en un lounge de hotel cinco estrellas o en una mesita de antro.

Y también se podía ver entre los chavos a algunos padres de familia que gustosos acompañaban o traían o eran arrastrados por sus pequeños hijos que para saber lo que pasaba en el escenario tenían que hacer un exhasutivo uso de su imaginación o voltear a ver la pantallita gigante.

Como en todo concierto los enhervantes circulaban al por mayor, desde las carteras hasta las emanaciones y los humores: las tachas, los ácidos y la mota, entre las más asiduas. Dependiendo la calidad de la droga, si usted se encontraba al lado de un tronador (obvio si usted no lo era) le daban ray aunque usted no quisiera.

Sin duda alguna, nuestra ciudad (que lo merece) esperaba un festival de esta magnitud. La fildelidad de los fans, la amplitud tipológica de los caractéres y sujetos sociales, y los resultados económicos exigen mucho más festivales como éste, e incluso todavía mucho mejores. El reto será saber si los organizadores, los payasos que dicen velar por la seguridad de la concurrencia y las autoridades capitalinas (que deberían sensibilizarse y ampliar los recursos y horarios de sus servicios de transporte y vialidad) estén a la altura. El público y las bandas demostraron que ellos sí. Y que les echen los que sigan.

Los Interpol, los favoritos

"Que apaguen esa tele, pa' que ya salgan los Interpol", gritó ayer a todo pulmón un fanático de la banda neoyorquina Interpol, cuando en la pantalla ubicada en el escenario Capital se transmitía la actuación del grupo inglés James en el escenario Corona. Faltaban 20 minutos para que los liderados por Paul Banks saltaran a escena.

Ríos de gente llegaban todavía presurosos alrededor de las 20 hrs, siendo que el festival había dado inicio desde las 13 hrs. No fue un mero retraso. La mayoría de los asistentes del día de ayer tenían dos objetivos en mente: Interpol y Pixies, bandas que ofrecieron dos conciertos estupendos y no defraudaron a los asistentes. Incluso tocaron todavía algunos minutos más de los estipulados, cosa que no se le permitió a ninguna otra banda y que permitió que se respetara con exactitud casi decimal el horario programado. Uno de los grandes aciertos del evento.

Interpol consintió a su público interpretando las canciones preferidas de la audiencia, que coreó sus canciones y saltó llena de júbilo en las rolas clásicas que tocaron. Pero además se dieron tiempo de interpretar algunas canciones de su nuevo LP: "Barricade", "Safe Without", "Lights" y "Memory Serves".

Banks se comunicó durante varias ocasiones con el público mexicano hablándoles en un perfecto español que la gente agradecía con un griterío. Con el tiempo cumplido, Interpol se despidió de su público, pero al cabo de un encore de unos cuantos minutos regresaron para interpretar durante unos 25 minutos más en respuesta a la aclamación generalizada. Apenas abandonaron el escenario la gente decía "no, no", y gritaba: "otra, otra, otra", o "Interpol, Interpol, Interpol" (y hasta algún vivo bromeaba "Interfon").

"Ahora hay que ver a Pixies", fue lo último que dijo Banks, luego de ofrecer una de las presentaciones más aclamadas y esperadas por la multitud que acudió al festival Corona Capital, que drenó melomanía y alcohol por sus arterias hacia un corazón verdaderamente chilango.

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