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Los mejores libros (novelas) del 2010

domingo, 12 de diciembre de 2010

1. Sukkwan Island, de David Vann (Alfabia)

Esta novela hizo a David Vann acreedor del pretigioso Premio Médicis 2010. Sukwwan Island es una de las novelas más poderosas y agridulces que se han escrito desde La carretera de Cormac McCarthy: no en vano se le ha adjudicado a Vann el epítome de ser su heredero. Un padre decide llevarse a su hijo de 13 años a una isla en donde vivirán un año con apenas lo necesario para sobrevivir: una hacha para cortar leña, un arpón para pescar, y una pistola y un rifle para cazar animales y matar a los osos que acechen su cabaña. A partir de ese argumento, Vann hilvana los temas de la muerte, el suicidio, el aislamiento, la obsesión, la ceguera, el absurdo, la impertinencia y la animalidad, con una prosa superior: efectiva, ligera y mordaz.

2. Blanco nocturno, de Ricardo Piglia (Anagrama)

Ricardo Piglia se tomó más de una década para publicar una nueva novela: después de escribir La ciudad ausente o Respiración artificial las exigencias y expectativas en torno de la obra del autor son mayores. Blanco nocturno confirma a Piglia como una de las voces más necesarias, agudas y deliciosas de la literatura escrita en español. El argumento de la novela parte de un crimen en donde lo más importante no es encontrar al asesino sino advertir las consecuencias del mismo. Una novela que es mucho más que su anécdota y adquiere el rango de símbolo a partir de la literatura misma: la mirada depurada del si mismo y la lentitud inherente a lo realidad son sus vectores de lectura. Es además una estación de la literatura latinoamericana subsecuente a la utopía del Boom y al desencanto bolañiano.

3. Infecciosa, de Sergio González Rodríguez (Mondadori)

En sintonía con Piglia, Sergio González Rodríguez es otro de los escritores que hace emerger de la literatura los senderos más inesperados para entender la realidad: a partir de la fábula, la imaginación y el lenguaje. Infecciosa es una novela sorprendente y confusa que exige un lector no atento sino advertido, un lector que no solo lee sino interactúa con el ambiente turbio que se propone: la experiencia vertiginosa que ofrecen las pantallas,la ingravidez de los escenarios virtuales e imaginados y la conciencia de aceleración en un mundo en el cual la experiencia del viaje es la experiencia vital por excelencia: el viaje personal y privado que sin embargo y necesariamente atraviesa el espacio virtual en tiempo real y de forma pública.

4. Los muertos, Jordi Carrión (Mondadori)

Cuando parece que ya todo se ha experimentado en cuestión literaria, hay escritores que confirman que al mismo tiempo que se puede ser novedoso y radical también se puede crear una narrativa sólida. En España, la generación afterpop es de lo más nuevo y sólido que hay en la narrativa que se escribe en español, uno de los escritores que se ubica en este grupo es Jorge Carrión, quien con Los muertos debuta como novelista con una obra que reúne genialidad, frescura y entretención. En la anécdota de esta novela, "Los muertos" es una serie televisiva de la cadena Fox, en la cual "reaparecen" personajes del pasado pero con diferentes nombres: desde Lady Macbeth hasta Roy Batty de Blade Runner. La serie se convierte en un fenómeno es escala internacional, pues se una de las polémicas es considerar la "vida" de los personajes de ficción. Una novela breve pero contundente, divertida y mundana; fundacional.

5. Y los hipopótamos se cocieron en sus tanques

Una imagen como la que sugiere dicho título escrita en los 40 solo podía ser atribuible a unos desadaptados. Si pensamos en genios literarios de este tipo los encontramos en los beatniks, y en sus figuras fundamentales: Jack Kerouac y William Burroughs. Antes de que escribieran sus novelas más importantes (En el camino y El almuerzo desnudo), la pareja de escritores decidió contar a cuatro manos una historia que les fue muy cercana: ocurrió en el Nueva York aún bohemio de los 40, en el que maduraron al amparo de los bares, suburbios y departamentos de segunda, cuando un amigo suyo, Lucien Carr asesinó a otro de la pandilla, David Kammerer que estaba enamorado de Carr. En esta novela primeriza ya descollan tanto la prosa intempestiva de Burroughs y el estilo elegante y acabado de Kerouac.

6. La prueba del ácido

No en vano a Élmer Mendoza se le considera insignia de ese género inventado que la crítica tiene a bien llamar "narcoliteratura". Más allá de esta reducción, Mendoza se ha promulgado como un escritor del lenguaje y del estilo. Pero en su narrativa el estilo y el fondo son una misma cosa, podrían ser llamadas mendozinas, pero eso suena muy argentino. La prueba del ácido es quizá la mejor novela del sinaloense, en la cual retoma a su detective antiheroico, el Zurdo Mendieta, y parte del código realista para ir más allá de la mera sugerencia a un estado en donde el crimen, la impunidad y la corrupción son el pan de cada día: alcanza los límites reales en torno de la política, la empresa y el narco, la injerencia del gobierno estadounidense en el país llamado México y el desarraigo fronterizo de una sociedad confundida, consternada y descreída.

7. Hotel DF

Guillermo Fadanelli concede muy pocas entrevistas, tal vez porque le choca que los periodistas no lean sus libros y le pregunten lugares comunes. Motivo suficiente para detenerse y no ansiar la entrevista vacía, sobre todo si en el plano de los escritores mexicanos consagrados, cuyo largo historial arroja las adaptaciones más dóciles al poder gerencial, Fadanelli es de lo menos común en nuestra literatura. En Hotel DF, el autor hace copio de toda su virulencia y viscosidad para entregar una novela ubicua cuyo discurso rector es mostrar la corrosión de una sociedad entera, a partir de un motivo simbólico elocuente por su impronta de engaño, misterio y provocación: un hotel, ubicado en el centro histórico de la Ciudad de México, núcleo de una red inabarcable e irreductible de intereses, negocios e intercambios ilegales y demás corruptelas.

8. El don de la vida

En la misma línea del estilo que lo hizo grande con novelas como El desbarrancadero o La virgen de los sicarios, en su más reciente novela El don de la vida, el escritor colombiano nacionalizado mexicano Fernando Vallejo organiza un relato ácido, crudo y violento en primera persona para contar unas horas en las que un viejo hace un repaso arqueológico de sus muertos. Contabiliza 757, mientras despotrica, como Vallejo, contra a todo aquello que merezca la pena despotricar: casi todo, excepto el lenguaje y la belleza. La de Vallejo es una voz necesaria porque escandaliza, polemiza y podemos estar de acuerdo o no pero nos hace pensar, y tan solo con la palabra es capaz de agitar nuestros intestinos.

9. Dublinesca

Dublinesca es una de las novelas más genuinas y honestas del escritor catalán, Enrique Vila Matas con esta obra construye un aparato literario, cuya lectura se siente como si fuera una lectura tecnológica. Esa sensación que no es cosa menor y es un logro del estilo manifiesta la intención de Vila Matas: ofrecer una reflexión sobre la lectura, la escritura y sus soportes justo cuando nos ubicamos en el tránsito que supone lo que él llama la era Gutemberg a la era digital. Su personaje es un editor fracasado de apellido Riba que quiere realizar un ritual justamente el 16 de junio, el Bloomsday, día en que transcurre la novela vanguardista por excelencia y que es justamente un juego con el tiempo: Ulises, de James Joyce. Riba transita por un patetismo del tipo danteso, que en este inicio de siglo se intensifica porque el hombre se siente amenazado por el fin de los tiempos, y cobardemente busca en este liberarse de toda culpa.

Lista de honor

El Tercer Reich, de Roberto Bolaño
Verano, de Coetzee
Snuff, de Chuck Palahniuk
El fondo del cielo, de Rodrigo Fresán
Fiesta en la madriguera, de Juan Pablo Villalobos
Agosto, octubre, de Andrés Barba
Luz de luciérnagas, de Edson Lechuga
Missing (una investigación), de Alberto Fuguet
El inventor de palabras, de Gerard Donovan
El caso Kurílov, de Irene Nemirovsky

Decepciones: los premios

Premio Alfaguara de Novela 2010
El arte de la resurrección, de Hernán Rivera Letellier:
Un prosa exquisita y superior, poca profundidad y nula propuesta

Premio Tusquets Editores de Novela 2009 (publicado en México en marzo de 2010)
Óscura monótona sangre, de Sergio Olguín
Una trama de mediano rango, buena escritura pero poco riesgo

Mejor libro de cuentos del año
La marrana negra de la literatura rosa, de Carlos Velázquez (Sexto Piso)

Blanco nocturno, de Ricardo Piglia

lunes, 8 de noviembre de 2010

Una deliciosa subversión literaria

Si hay un autor latinoamericano para el cual la literatura es un juego eterno, jamás cerrado e incluso por descubrir, ese escritor es el imprescindible argentino Ricargo Piglia que en su última novela Blanco nocturno se mete en la noche de sus recuerdos y de la historia argentina, en el territorio metafísico y desolado en los contornos de la pampa y desde ahí elabora un trayecto oscuro en el que los territorios de la ficción se desdoblan como infinitos y abiertos y el género policiaco sufre una matamorfosis en donde los procesos y la lusión son más fuertes que la verdad o el realismo.

La anécdota de Blanco nocturno comienza, como todo buen thriller, con intriga: Un extranjero mulato, Tony Durán, con fajos de dinero bajo el brazo llega a un pueblo de la provincia de Buenos Aires. Nadie de los pueblerinos sabe la razón de su llegada pero inmediatamente comienzan los chismes, esas voces que el viento enhebra con ociosidad hasta formarlas como verdades: es amante de las hermanas Belladona, viene a hacer su pequeña fortuna, etc. Finalmente, un día, después de un lance de apuestas, aparece asesinado en su cuarto de hotel.

A partir de este hecho se pone en marcha una máquina narrativa tan eficaz y deslumbrante tal que el lector seguirá religiosamente la pesquisa policiaca y se dejará cautivar por la introducción de personajes tipo como el comandante policial Croce, el más exitoso de la región quien resuelve sus casos gracias a obedecer sus intuiciones; el entrañable alter ego de Piglia, Emilio Renzi que como periodista da seguimiento al caso del mulato asesinado, como enviado de un periódico capitalino; la belleza enigmática y por descubrir de las hermanas Belladona; el obsesivo hermano de dichas hermanas, Luca, quien permanece en la otrora pujante fábrica de autos, hoy en ruinas, trabajando en lo que el considera su "gran obra"; el jockey venido a menos que por amor a un caballo (necesita dinero para pagarlo) mata a Durán.

Piglia nos pone una trampa. Empantanados en la lectura nos suelta una cuerda que es estrecha o evanescente y lo que de inmediato advertimos como fin en realidad es un señuelo. Lo más interesante jamás es el asesino sino los contextos que enmarcan el crimen, las razones oscuras que operan más allá de los entes concretos y que sólo pueden verse con gafas especiales en la densa bruma de apariencias que pensamos es la realidad.

Con esta obra, además, Piglia distiende los límites del género profundizando en la impronta intuituva, que para el caso latinoamericano es sintomático de la forma en que nos hemos acercado a la realidad o en que hemos adaptado el discurso racional de Occidente: sin perder el elemento maravilloso, mágico o fantasmagórico porque es consustancial al ser de esta región del mundo.

De esta manera, el autor no sólo reelabora el género sino que dignifica el poder de la magia, la noche o la intuición poniendo acento en la visión felina, que es precisa y suficiente, de ahí la mirada blanquecina en la noche capaz de identificar un blanco (un target) en la oscuridad. Además, ubica en el tiempo real (la obra transcurre a inicios de los 70) un punto de quiebre histórico porque si bien en Croce triunfa la intuición o bien brilla en esos años previos a la "larga y oscura noche" de las dictaduras, será el punto final o la degradación de una mirada que sentía el pulso de lo nocturno y espectral y todavía ahí encontraba algunas verdades.

La mirada de Piglia es la de esa persona que ha visto demasiadas cosas y por tanto es capaz de encontrar las diferencias en los mundos por los que ha transitado, lo cual le permite construir con maestría narrativa, con una vitalidad avasallante y con una potencia poética inherente a la acumulación de las frases un edificio fenomenológico (como los túneles de Sábato o los pozos de Onetti, es decir atemporales, oscuros pero en los que existen rendijas) en donde la literatura es la llave de entrada y la clave para encontrar ahí mismo los motivos suficientes para poder vivir y, sobre todo, para estar bien ahí, en ese universo. Una novela que vibra y brilla.

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