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En honor al gran Daniel Sada

domingo, 20 de noviembre de 2011

Un artesano de la oralidad

El Premio Nacional de Ciencias y Artes 2011 llegó casi a destiempo, como casi nunca o como casi siempre. En hora buena, para José Agustín, el más importante de los escritores de la Onda, a quien le debemos gran parte de la educación literaria y estética de muchos mexicanos. Pero tarde, en el caso de Daniel Sada, quien falleció el pasado viernes a causa de diabetes y disfunsión renal, mismo día en que se anunció el galardón.

Sada falleció a los 58 años, convertido en uno de los narradores más importantes en lengua castellana, con un estilo único que es imposible reducir al "barroquismo", creador de una personalísima preceptiva poética que incluye la entraña y la oralidad, materias para generar relatos de una calidad notable que inauguró nuestra atención en la narrativa del norte del país, en donde se destaca la experimentación y el neologismo y no los clichés de hoy.

Contó con el reconocimiento de todos sus pares literarios, de la generación que sea u sin importar su nacionalidad. Uno de ellos fue el fallecido escritor chileno Roberto Bolaño, quien unos pocos años antes de morir (en 2003), dijo en una entrevista por televisión:

"De mi generación admiro a Daniel Sada, cuyo proyecto de escritura me parece el más arriesgado". Sin duda lo fue. Riesgo que se combinaba con una claridad manifiesta en el uso correcto de la lengua y en una postura franca, sin medias tintas. En una conversación que este reportero sostuvo hace poco más de un año con el escritor norteño, dijo: "Vivimos una guerra. Lo que nos queda a nosotros, en lo que podemos, es provocar una revolución literaria", dijo, sentado en la cómoda sala de su hogar, la misma donde el gato de su hija reposaba a sus anchas y donde recibía a amigos para tomar una copa o jugar una partida de ajedrez.

Sada nació en Méxicali pero su familia era de Coahuila y trabajó varios años en Sinaloa. Fiel a su llamado huyó de todo aquello que lo alejara de escribir hasta convertirse en uno de los grandes, en un autor imprescindible. Casi nunca, obra que ganó el Premio Herralde de Novela 2008, en este mundillo demandante de premios, significaría su confirmación hacia afuera, en el mercado, confirmación que para la gente de letras ya había ganado hace años.

Sergio González Rodríguez, quien trabajó durante años como editor, considera "toda una revelación temprana" la lectura del manuscrito de la primer novela de Daniel Sada, Lampa vida, cuya publicación promovió González Rodríguez, aunque a esta obra su autor no daría mayor importancia en el futuro.

En México incluso trabajó en un banco, como el personaje José K, de El Proceso. Pero antes de verse devorado por la confusión y ser tragado por el paso del tiempo, tomó la vida por los cuernos de la escritura. Necesitaba el aire, como nos platicó aquella vez, aunque en sus últimos meses la enfermedad lo obligó a guarecerse en su departamento en la colonia Condesa, en la Ciudad de México, a dejar de frecuentar los bares, el Covadonga uno de ellos (lugar donde conminó a un joven Fadanelli para que le cambiara el nombre a su novela. El le hizo caso y esa novela se llama Lodo), incluso tuvo que cancelar desde hace un años los cursos de escritura creativa que impartía fervientemente en la Casa Refugio Citlaltépetl, en la misma colonia. "La narración debe ser circular, sin perder los tiempos verbales de los hechos", recordaba una y otra vez a sus jóvenes pupilos.

Su primer éxito llegó con Una de dos, publicado por Alfaguara en 1994, en la que unas gemelas idénticas comparten un novio que no atina a descubrir el engaño en el que vive. En 1999, Tusquets edita Porque parece mentira la verdad nunca se sabe, obra que lo consagra como un escritor del lenguaje, un narrador a la altura de José Lezama Lima.

Sada se ha ido pero, como casi siempre, los buenos escritores nunca mueren porque viven en sus libros. Anagrama ya anunció la publicación de la novela El lenguaje del juego y en el mercado anglosajón la traducción de su novela Casi nunca. En el fondo, los escritores pertenecen a sus lectores no a sus promotores. Sada, como dice Antonio Ortuño, se merece como nadie ese cielo de los escritores que es la lectura. No oremos. Leámoslo.

Quieren una revolución cuentística

domingo, 12 de septiembre de 2010

Hernán Lara y Daniel Sada apuestan por el género

El cuento es materia olvidada. Si bien, el mundo editorial de nuestro tiempo no carece de títulos, son pocos los autores que apuestan en México por elaborar un libro de cuentos. Entre las alternativas literarias, el ensayo y la novela corta son las más asiduas, no sólo para los más jóvenes sino también para escritores consolidados: como ejemplos de estos últimos tenemos las novelas breves Adán en Edén de Carlos Fuentes, Oscuro, bosque oscuro, de Jorge Volpi, Infecciosa, de Sergio González Rodríguez, y los ensayos El XIX en el XXI, de Christopher Domínguez Michael o Arte y olvido del terremoto, de Ignacio Padilla.

El cuento, incluso tradicionalmente, o –mejor dicho- convencionalmente, es considerado un género menor y (esto sí, seguro) menos atractivo en términos de utilidades: ventas. No obstante, hay autores (quizá porque su editorial confía en la garantía que son sus nombres) que optan por el cuento como materia de exploración artística: Hernán Lara Zavala y Daniel Sada son dos claros y contundentes ejemplos de escritores consolidados que regresan a uno de los géneros que se cultivan (con mayor asiduidad) en la juventud y, además de tomarlo, lo renuevan.

Romper con las fórmulas tradicionales

En su libro Ese modo que colma (Anagrama, 2010), Daniel Sada compone una apuesta por el lenguaje pero también por romper con fórmulas cuentísticas tradicionales. Dice el autor: “trato de que en cada cuento sea un abordaje distinto porque parece que el cuento ha caído en fórmulas concebidas desde hace mucho tiempo. Yo quise romper con esas fórmulas”, muestra de ello es el primer cuento de esta colección, un cuento compuesto en forma de verso en octosílabos. Por otro lado, también integra un cuento cuya estructura es similar a la de un sueño, sin orden ni lógica y con elementos fantásticos.

Hernán Lara Zavala también le da la vuelta al género en algunos de sus cuentos de la colección El guante negro (Alfaguara, 2010), uno de ellos se estructura a manera de cajas chinas: son tres historias, una dentro de otra. La diferencia con la clásica estructura de cajas chinas, estriba en la composición del texto: a manera de zapping, Lara Zavala intercala las historias de un modo muy ingenioso y muy calculado.

“México no tiene tradición cuentística”

“A pesar de que en México se escriben muchos cuentos no hay un público receptivo para el género. No tenemos una gran tradición cuentística como sí existe en EU o en los países nórdicos donde la gente busca cuentos, donde revistas y suplementos propician la lectura de los mismos. Esto último se ha perdido un poco en nuestro país, porque en los 50 y 60 sí se leía mucho cuento, desde Rulfo a Elizondo. Un editor cuando le presentan una novela la piensa dos veces, si le presentan un cuento la piensa cinco veces y si le presentan un libro de poemas la piensa 10 veces”, comenta Daniel Sada.

Lara Zavala, al respecto, dice: “el cuento no está bien conceptualizado en términos de ventas. Muy poca gente se anima a comprar cuentos”.

Si el análisis de estos autores es tan contundente, entonces: ¿por qué hacen un libro de cuentos? ¿Mera necedad? ¿Vanagloria? No. Para estos autores, el cuento en sí mismo aporta elementos particulares y muy valiosos para la renovación de la creación literaria.

“El cuento es un género apasionante: exige mayor precisión. En la novela hay muchas zonas muertas, mucho territorio de exploración dramática. En el cuento lo anecdótico resalta inmediatamente”, dice Sada. Por su parte, Lara Zavala comenta que él en sus clases (es profesor en la UNAM) le resulta muy didáctico y por ello le apasiona: “Para conocer a Borges, a Rulfo, a Revueltas, a Arreola, los cuentos te dan muy claramente la impronta de su personalidad”, dice.

Lara menciona a cuentistas latinoamericanos. No es casualidad. Porque el hecho de que Sada menciona la falta de una tradición cuentística, pone el acento en el consumo de cuentos. Zavala confirma la tradición cuentística latinoamericana: “Los latinoamericanos somos muy buenos para los cuentos. A lo mejor es hasta temperametal: vivir en un lugar de un clima entre templado y caliente. Eso da un aliento corto y una contundencia que es una cualidad del género. Cuando pienso en cuentistas suelo pensar más en autores latinoamericanos”, puntualiza el autor de la novela Península, Península.

Por lo anterior, ni para Lara Zavala ni para Daniel Sada, que son viejos lobos de mar en las letras mexicanas, hay motivos para darse por vencidos. Sada dice con entusiasmo: “habría que generar una revolución: que hubiera 50 escritores o más que se dedicaran al cuento. Yo pongo mi granito de arena para formar esa tradición”.

El cuento, según los autores

Daniel Sada: “Son como los compacts: en el compact son 12 canciones y en este libro son también 12 cuentos. Un libro de cuentos tiene que consumirse rápido y apostar por la ligereza”.

Hernán Lara: “No puedes pensar un cuento sin su arquitectura. El cuento tiene que ser más rápido, y yo diría que hasta más artístico: más orgánico”.

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